miércoles, 10 de enero de 2018

¿Sí? (Parte 1)



          El ambiente del bar era tan espeso que no había forma humanamente posible de saber si habías emparejado correctamente tus calcetines. Yo, definitivamente, no lo sabía. Estaba sentado en uno de esos incomodísimos taburetes que parecen más hechos para ahuyentar a los clientes que para hacer que consuman. Mi cabeza reposaba sobre la palma de mi mano derecha, y el brazo de ese mismo lado descansaba sobre la barra. En mi otra mano bailaba mi tercer penúltimo orujo y en mi cabeza hacía lo mismo la idea de volver a llamarla. 

          Toda la sequedad que sentía en mi boca la compensaba mi frente y, en el estado en el que me encontraba, que mi mano resbalara por culpa del sudor podía resultar en un impacto fatal que me dejaría el morro con sabor a madera durante un mes. Consciente de que mantener aquella postura era un riesgo para mi integridad física, decidí moverme. Mala idea. En ese momento pude comprobar en mis propias carnes el movimiento rotatorio de la tierra, la luz de las estrellas, el calor del sol en mi cara y, antes de echarla, el sabor de mi primera papilla. Después de eso, todo se volvió negro.
  
          Desperté en el callejón de detrás, tirado al lado de un contenedor de basura, con la camisa llena de vómito y con un dolor de cabeza en el que todavía resonaba el ruido que hice al estrellarme contra el suelo. Definitivamente, no iba a volver a ese bar. No porque me hubieran echado, no. Sino porque había que tener muy poca consideración para dejar a un cliente que se acababa de dar un tortazo de semejante calibre sin una dulce bolsa de hielo para que le ayudara a calmar el dolor. Lo único que me consolaba un poco era que al menos conservaba mis gafas. 

          Intenté levantarme, pero al apoyarme sobre el pie izquierdo, éste falló, solté un leve quejido, y la vida dejó de parecerme tan divertida. Me había torcido el tobillo y no me hacía ni pizca de gracia. Estaba cagándome en las muelas del rácano que decidió aprovechar las sobras de las uvas para hacer orujo, cuando tuvimos nuestro primer contacto:

          —Hola, ¿estás bien? ¿necesitas ayuda?

          Todavía no había girado la cabeza para verle la cara, pero solamente con su voz, con su melodía, me había resquebrajado el corazón en mil pedazos para hacerlo suyo. 

          Cuando hubo contacto visual mi reacción no fue muy distinta. Era preciosa. Estaba ligeramente agachada, sonreía, y se sujetaba el pelo con la mano para que su flequillo color caramelo no le tapara los ojos, que compartían el color de su cabellera. Se quedó un momento esperando a que yo respondiera, pero yo no podía pensar. Sus pecas habían secuestrado todos mis movimientos.

          —¿Hola? ¿Puedes oírme?

          Reaccioné.

          —Mierda, joder.

          Me acababa de encontrar con el santo grial del desamor y yo parecía el mocho de una escuela de primaria. 

          —Bueno, al menos veo que sigues vivo.

          Yo sabía que intentaba ser simpática, pero nunca se me ha dado muy bien comunicarme con los demás. 

          —Por favor, no sigas hablando —le dije, intentando parecer sobrio y sin mirarla directamente, mientras intentaba acicalarme inútilmente—. Dios, no puedo con esto. 

          La chica se incorporó y se puso ambas manos en las caderas, como una profesora a punto de echarle un sermón al estudiante más vago de la clase.

          —Será…—se puso de cuclillas con cuidado de que su falda no dejara al descubierto más de lo necesario—. Oye, tío, estás hecho polvo y eres un borde. Es tu última oportunidad.

          Mi cabeza no podía dejar de preguntarse por qué todavía no me había pegado un taconazo en las costillas y se había ido.

          —En algún momento que soy incapaz de recordar me he torcido el tobillo y no puedo andar. Además…—me tapé la cara con la mano y cogí aire—, eres demasiado…

          —¿Demasiado qué? —preguntó, sin dejar de sonreír—. ¿Bajita?

          ¿Era bajita? Ni me había fijado. Desde el suelo me era imposible compararla con nada, y menos agachada como estaba. 

          —¡No! —me destapé la cara y la miré tímidamente— Quería decir que eres demasiado…perfecta.

          Durante un instante apareció en mi cabeza la imagen de la mujer por la que había empezado a beber aquella noche, pero aquella melodía la evaporó.

          —Bien, todavía estás mamado. Perfecto, así podré aprovecharme de ti. ¿O acaso te crees que voy por la vida acercándome a todos los borrachos semiinconscientes que me encuentro por ahí? —se puso de pie y estiró el brazo— Estás demasiado bien afeitado como para ser un despojo social. ¿Vamos?

          Tenía que estar loca. Definitivamente lo estaba. Un alcohólico podía afeitarse perfectamente. Incluso un violador, o un asesino en serie. Parecía que yo no había sido el único que había tenido suerte esa noche, porque yo no era ninguna de esas cosas.

          —No —al oír esa palabra le cambió la cara—, no puedo. Mi tobillo, ¿recuerdas? —volvió a sonreír y yo volví a fundirme en su sonrisa. 

          Me ayudó a levantarme con cuidado de no mancharse y me dijo que me llevaría a su casa, la cual no estaba muy lejos. Durante el camino insistí en que no era necesario; le dije que no me conocía y que no sabía qué clase de persona era. Ella, con su infinita expresión de felicidad, insistió. 

          Mientras cojeaba por la ciudad, lleno de bilis y agarrado al hombro de aquella chica, me pregunté si, estando tan cerca como estaba, podía percibir el mal olor que había dejado el vómito en mi ropa. Todavía bajo los efectos del orujo respiré muy hondo, como intentando absorber todo el tufo con mis orificios nasales para que ella no notara nada. 

          —Tranquilo, no huele. 

          Mentía. Estaba mintiendo como una bellaca y yo lo sabía. Me tuve que aguantar las ganas de vomitar de nuevo tras coger tanto aire impregnado de ese olor. Era imposible que ella no lo sintiera, pero hice ver que la creía y, al darme cuenta de que me había pillado, me sonrojé. 

          Si hubiera entrado en su piso con los ojos cerrados, hubiera pensado que me había llevado al bosque de las piruletas. El olor a fruta dulce lo impregnaba todo hasta tal punto que dejé de sentir el tufo que emanaba de mi ropa. Las paredes eran coloridas y la decoración de la casa era bastante infantil, aunque, por algún motivo, también me pareció muy acogedora. 

          En cuanto me soltó recordé que mi cerebro seguía bañándose en etanol y que mi tobillo no era un buen sitio en el que apoyarme, así que puse mi mano sobre la primera silla que pillé y aguardé, esperando que me dijera qué hacer. Al fin y al cabo, estaba en su casa. No pasó mucho rato hasta que asomó la cabeza por detrás del marco de la puerta. 

          —Por dios, siéntate, no vaya a ser que te marees y me toque fregar. 

          Tras decir eso volvió a esconder la cabeza y yo, obediente y sumiso, me senté. 

          Volvió a aparecer al cabo de unos minutos vestida con una bata rosa que tenía un conejito blanco cosido a la altura de la clavícula y se puso frente a mí con aquella misma pose de profesora con las manos en las caderas. 

          —Bueno, yo ya estoy cómoda. Ahora faltas tú. ¿Qué hacemos contigo? ¿Eh?

          Al intentar contestarle me di cuenta de que no solo mi equilibrio seguía borracho.

          —Pues no lo sé. Eres tú quien ha insistido en traerme aquí. Supuse que tendrías algo en mente…

          Una vez más, sonrió, y sin mover las manos se agachó un poco para poner su cara frente a la mía. Esa vez no se sujetó el flequillo, el cual cayó suavemente sobre sus ojos. 

          —Pues claro, ¿por quién me tomas? 

          Me cogió por el brazo y me ayudó a llegar hasta el cuarto de baño. Allí, me hizo sentarme sobre el borde de la bañera. No sabía muy bien qué estaba pasando hasta que se sentó en mi regazo y empezó a desabrocharme la camisa. Cada botón que soltaba convertía poco a poco su dulce sonrisa en una curva pícara y algo malévola. 

          Estaba tan nervioso que apenas me di cuenta de que su peso en mis piernas hacía que mi tobillo se resintiera, pero no reaccioné. No hice otra cosa que mirarla mientras me desnudaba hasta que el tono musical del anuncio de mis cereales favoritos empezó a sonar desde mi bolsillo. Era mi ex. La mujer por la cual me había emborrachado hasta llegar a aquella situación había decidido llamarme y, mi cuerpo, por algún motivo, decidió contestar la llamada.

          —¿Sí?

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